La decaída existente por echar de menos a alguien no puede ser más horrorosa.
La angustia que recorre tu cuerpo de arriba a abajo, por cada carril de la gran montaña rusa de tu cuerpo, no se puede plasmar en un papel, ni siquiera se puede expresar con palabras, el vocabulario no lo permite, no lo ha creado, no deja sacar todo lo que quisieras explicar.
Tu interior se ha convertido en una ruina. En un paraje lleno de destrozos, de edificios derrumbados, de un estropicio de calles, de cielos no grises, ni negros, si no sin color. En un rincón arrinconado donde un huracán chapotea barro ennegrecido, esperanza podrida, e incluso gozo envenenado...
Se ha convertido en un lugar lleno de muchedumbres incalculables de deseo, necesidad, anhelo, y cómo no, lágrimas...
Nubosas preguntas nublan la razón y una cargada tormenta paraliza tus sentidos salvando al afán de querer ver a lo que te está comiendo por dentro.
Los ojos se cierran con brutal fuerza acompañando a tus delicados puños cubiertos de leves ramas azules verdosas que se engrosan de manera incontrolable produciendo unas bruscas manos que aspiran a golpear el espeso muro encontrado a escasos metros de ti.
Una terrible aglomeración de lamentadas lágrimas engrosadas caen en carrera por las frías y peligrosas curvas del rostro queriendo desaparecer y guiar al dolor, pero el dolor no se mueva, se queda quieto, ahí, dentro, donde nadie le ve, donde nadie le molesta, donde es feliz destrozando el centro de un ser.
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