Nada más y nada menos que meses sin escribir, y aquí me hallo una vez más.
Una simple caída te puede arruinar las ganas de seguir con tu propósito de avanzar en el camino, y dar media vuelta a pesar de la inmensa capa de obstáculos que has tenido que superar.
Cuando empiezas a pensar, por fin, que lo que haces no está tan sumamente mal como pensabas, llega la terrible bajada que te pone los pelos de punta mientras sientes como tu corazón da un leve vuelco por la impresión que da la gran altura a la que habías logrado llegar y ahora te toca bajar. Y sí, un día estás en las nubes y al día siguiente, o en cuestión de segundos, no estás en el suelo, si no en el subsuelo. En lo más bajo que podías haber caído. Y entonces, a pesar del gran golpe, quieres seguir intentándolo. Quieres cumplir tu sueño, quieres intentarlo una vez más, o mil, las que se crucen por el camino. Pero ahí aparece la razón. Esa querida razón, a veces tan necesitada y a veces tan repulsiva, que no sólo te avisa, si no que te obliga a que esas pequeñas motas de polvo que quedaban de esperanza, hagas desaparecer, porque sabe que vas a volver a caer. Dejas pasar tu oportunidad, de nuevo, pero esas pequeñas e insignificantes motas de polvo cada vez se vuelven más y más grandes. Intentas ignorarlo hasta que un par de palabras vuelve a abrirte la puerta de la ilusión; tal y como si la vida te brindase una nueva oportunidad. Quieres evitarla ya que el fracaso abruma tu cabeza, mas las palabras siguen flotando ahí, en el aire, sin querer hacerse notar pero llamando demasiado la atención. Y sí, con tan solo unas palabras, he vuelto a comenzar a recorrer ese camino que un día dejé de lado.
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